Aislamiento que se nota
Trabajamos con lana mineral y sellados bien resueltos en puertas y pisos. Preferimos medir en el lugar antes de prometer un número: cada planta tiene su propio ruido y su propia acústica.
Somos un equipo cordobés de diseño industrial y arquitectura que decidió prototipar refugios acústicos en lugar de seguir tapando el problema con auriculares.
No nacimos de un plan de negocios ambicioso, sino de una molestia concreta. En oficinas compartidas, salas de lectura y halls de edificios públicos, el ruido de fondo se cuela igual: sillas que se arrastran, conversaciones a media voz, aires acondicionados que zumban sin parar. Ese murmullo constante rompe la concentración y también el descanso. Empezamos a prototipar módulos compactos en un taller de Córdoba para ver si era posible devolverle a la gente un rato de silencio sin mudar el edificio entero.
Trabajamos con lana mineral y sellados bien resueltos en puertas y pisos. Preferimos medir en el lugar antes de prometer un número: cada planta tiene su propio ruido y su propia acústica.
Un refugio sin aire se vuelve un encierro. Por eso integramos ventilación de bajo caudal y luz regulable, para que puedas quedarte una hora leyendo o una videollamada larga sin sentir el peso del cubículo.
Los módulos llegan ensamblados de taller y se fijan con anclajes puntuales. Nada de cortes estructurales ni obra húmeda: bibliotecas y oficinas siguen funcionando mientras colocamos.
Que quien entra a un refugio salga con la tarea hecha y la cabeza más liviana. Que el responsable de una oficina pueda señalar el módulo y decir "ahí se trabaja en serio". Que un bibliotecario recupere la sala de lectura como lugar de estudio y no como pasillo. Ese es el efecto que buscamos: menos ruido de fondo, más tiempo útil. Nada más, nada menos.